La respuesta que nunca llega: el coronel y la invención del deseo
Desde que hace ya varios años cayó en mis manos El amor en los tiempos del cólera, he tenido predilección por la obra de Gabriel García Márquez. En las novelas de Gabo habitan personajes sostenidos por una tozudez inquebrantable. Son figuras de una sola pieza, atrapadas en convicciones tan absolutas que parecen inmunes al desaliento. Sin embargo, en El coronel no tiene quien le escriba, esa terquedad -simbolizada durante la novela por su reticencia a aceptar que le presten un paraguas cada vez que llueve- no es simple necedad: es la historia de una transformación subjetiva silenciosa.
En la superficie, nada cambia. La novela transcurre en la indigencia, la lancha del correo llega cada viernes y la carta con la pensión del Estado jamás aparece. La posición económica del coronel no experimenta el menor alivio. Pero en la trama íntima del personaje se produce un viraje precioso: la resignificación de su propia espera.
En un primer momento, el coronel aguarda desde la alineación. Es la postura de quien espera ser reconocido por el Otro; una demanda dirigida al Estado para que valide sus sacrificios en la guerra y le otorgue un lugar. Es una espera pasiva, dependiente de la voluntad de una institución sorda y distante que sostiene al sujeto en calidad de objeto a la expectativa.
De objeto del deseo del Otro a sujeto deseante
Sin embargo, a medida que el olvido institucional se confirma, el coronel no se desmorona ni cede en su empeño. En lugar de eso, realiza una elección ética: decide adueñarse de la espera. El acto de aguardar deja de ser un trámite burocrático suspenso y se convierte en algo que lo constituye, en una posición activa que decide atesorar como la sustancia misma de su dignidad.
Ahí reside el salto: el paso de objeto a sujeto. El coronel deja de aguardar el reconocimiento del Otro para constituirse en un sujeto deseante. La presencia del gallo de pelea —a quien alimenta aun a costa de su propia hambre— materializa ese deseo indomable que no se vende ni se somete a la lógica de la necesidad inmediata.
Cuando la novela concluye con su famosa respuesta final, no escuchamos el lamento de la derrota. Escuchamos la afirmación rotunda de un sujeto que ha decidido sostener su propia verdad, liberándose definitivamente de la servidumbre de esperar la aprobación del Otro.
¿Esperar la respuesta del Otro o iniciar tu propio análisis?
Si sientes que te encuentras atrapado en una espera interminable, aguardando un reconocimiento o una respuesta del Otro que nunca llega, el espacio analítico ofrece la posibilidad de transformar esa parálisis. El psicoanálisis no busca la resignación, sino acompañar al sujeto a dar el paso decisivo: descifrar el propio malestar para transitar de la posición de objeto a la invención de un deseo singular. Puedes ponerte en contacto conmigo para iniciar tu proceso de análisis, ya sea en las consultas de Barcelona o Girona.