¿Por qué tropiezo siempre con la misma piedra? La repetición, el goce y la pulsión de muerte
Hay una experiencia profundamente desconcertante que atraviesa a casi cualquier ser humano: descubrirse repitiendo, una y otra vez, la misma escena destructiva. El mismo tipo de pareja que termina en conflicto, el mismo patrón de autosabotaje justo antes de lograr un objetivo, o la misma reacción desproporcionada que arruina una relación. ¿Por qué el sujeto humano parece impulsado a tropezar de forma sistemática con la misma piedra, aun a costa de su propia felicidad?
Para responder a esta pregunta, el psicoanálisis tuvo que dar un salto conceptual revolucionario y abandonar la idea de que los seres humanos buscamos de forma natural nuestro propio bienestar.
Freud y el hallazgo de la pulsión de muerte
En sus primeros escritos, Sigmund Freud sostenía que el psiquismo se regía por el principio del placer: buscamos lo que nos satisface y evitamos lo que nos causa dolor. Sin embargo, en 1920, al observar las neurosis de guerra, los sueños traumáticos que devolvían al paciente al horror una y otra vez, y las resistencias en el propio tratamiento analítico, Freud se vio obligado a formular una hipótesis mucho más oscura: existe algo más allá del principio del placer.
Así nació el concepto de pulsión de muerte. Freud descubrió que en la mente humana opera una fuerza inercial que no busca la autoconservación ni la felicidad, sino la satisfacción a través del retorno a un estado anterior, desintegrado y sin tensión. La repetición no es una casualidad o una falta de memoria; es el modo en que la pulsión de muerte se cobra su cuota en la vida del sujeto.
Lacan y la formalización del goce
Años más tarde, Jacques Lacan retomó este pilar freudiano para darle una nueva precisión teórica mediante el concepto de goce.
Lacan diferenció tajantemente el placer del goce. Mientras que el placer mantiene la vida en un equilibrio tolerable, el goce es una satisfacción paradojal, un exceso de tensión que roza lo insoportable. Gozar no es disfrutar en el sentido hedonista del término; el goce psicoanalítico es esa satisfacción oscura que se obtiene en el síntoma, allí donde el sujeto sufre.
Cuando alguien dice en consulta: «No entiendo por qué hago esto si me hace sufrir tanto», el psicoanálisis responde que el yo (la parte consciente) efectivamente sufre, pero la pulsión está obteniendo, en esa misma escena, un goce inconsciente. La repetición es, precisamente, el circuito a través del cual el sujeto insiste en recuperar una cuota de goce perdida, y un análisis implica que la persona pueda dar cuenta de esos circuitos inconscientes donde placer y dolor se entremezclan para poder tomar una posición distinta con eso que lo ha marcado.
Del automatismo de la repetición al acto analítico
La tragedia de la repetición es que se presenta como un destino inevitable. El sujeto suele concluir erróneamente: «Yo soy así» o «Tengo mala suerte», naturalizando un circuito pulsional que en realidad fue construido en su historia singular.
El análisis propone una pausa en ese engranaje. No se trata de ofrecer un entrenamiento de conducta ni un pensamiento positivo para «romper el hábito», sino de interrogar la lógica inconsciente de esa fijación. Darle la palabra al síntoma permite que el sujeto pueda bordear de otra manera ese vacío y, finalmente, elegir no tropezar con la misma piedra, o al menos, no gozar con la caída.
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Si te reconoces atrapado en una repetición que te genera sufrimiento o sientes que el síntoma insiste sin que puedas encontrar una salida por tus propios medios, iniciar un proceso analítico permite construir un espacio donde escuchar lo que allí se juega.
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