Del saber y la responsabilidad del sujeto en el análisis

Es una de las escenas más habituales en los primeros compases de un tratamiento. El paciente, tras las primeras sesiones, lanza una pregunta que parece lógica pero que esconde todo un posicionamiento ante la vida: “¿Crees que me hace falta venir?” o, de forma más directa, “¿Cuánto tiempo crees que pasará hasta que me des el alta?”.
Estas preguntas no son simples dudas sobre la agenda. Son la puerta de entrada a entender qué es, en realidad, un psicoanálisis y en qué se diferencia de cualquier otra disciplina médica o psicológica.
Cuando acudimos al médico por un dolor físico lo hacemos bajo una premisa clara: el doctor tiene un saber que nosotros no tenemos. Él identifica la bacteria, receta el fármaco y decide cuándo estamos curados. En ese modelo, el paciente es, precisamente, pasivo: espera a que el saber del otro le resuelva el problema.
Es natural que, al llegar al consultorio del analista, intentemos repetir este esquema. Se le impone al psicoanalista una suposición de saber; esperamos que sea él quien nos diga qué tenemos que hacer, qué decisión es la «correcta» o si nuestro malestar es «suficiente» para estar allí. De algún modo, le pedimos al analista que se haga cargo de nuestras decisiones para aliviarnos del peso de tomarlas.
Sin embargo, el psicoanálisis opera en la dirección opuesta.
A diferencia del saber médico o de las disciplinas psicológicas que se centran en dar pautas de conducta o consejos, el analista no acepta ese lugar de «maestro». Si el analista te dijera qué hacer, solo estaría reforzando tu dependencia de un saber externo.
Lo que buscamos en el dispositivo analítico es que ese saber que me pides a mí, lo empieces a buscar en tus propias palabras. El analista no es quien sabe la verdad de tu vida; el analista es quien te acompaña a que tú la descubras.
De la queja a la responsabilidad: la elección inconsciente
Aquí llegamos al punto clave. Muchas veces nos sentimos víctimas de las circunstancias: «siempre me pasa lo mismo en el amor», «tengo mala suerte con los jefes», «no puedo evitar reaccionar así». Sentimos que el malestar es algo que nos sucede y que no somos agentes partícipes de aquello que nos ocurre y cómo nos ocurre. Como cuando la angustia irrumpe y tratamos de taparla en lugar de interrogarla.
El psicoanálisis implica un giro subjetivo fundamental: asumir que realizamos elecciones inconscientes.
Esto no significa culpabilizarse. Significa entender que incluso en aquello que más nos hace sufrir, hay una posición que hemos tomado. Son elecciones que no se hicieron con la lógica de la razón, sino desde nuestro inconsciente, pero elecciones al fin y al cabo. Al reconocer esto, el panorama cambia: si yo he tenido algo que ver en la construcción de mi malestar, también tengo el poder de participar en su solución.
Por eso, cuando un paciente pregunta «¿Crees que me hace falta venir?», la respuesta no puede ser un «sí» o un «no» rotundo. La respuesta se construye en el propio espacio de palabra. Un análisis no termina cuando un profesional decide que «ya estás bien» bajo un estándar general, sino cuando tú, como sujeto, has podido asumir tus elecciones y has dejado de necesitar que un otro te diga cómo vivir.
Pasar de la suposición de saber en el analista a la asunción de la propia responsabilidad es, quizás, el mayor éxito de un tratamiento. Es el momento en que uno deja de pedir permiso para empezar a vivir de una manera diferente.
Consulta de Psicoanálisis en Barcelona y Girona
Si sientes que estás repitiendo situaciones que te hacen sufrir o si te has sorprendido delegando en los demás las decisiones más importantes de tu vida, quizá sea el momento de abrir un espacio de palabra propio.
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