¿Por qué la angustia no miente?

Se habla mucho de ansiedad. Todos corren como locos a la desesperada para encontrar el remedio milagroso que la calme. Es la palabra que inunda los titulares, las redes sociales y las conversaciones de café. Se nos presenta como consecuencia ante la incertidumbre o como un fallo en el sistema que hay que «gestionar», «reducir» o, en el peor de los casos, «silenciar» con medicación lo antes posible.
Desde la práctica del psicoanálisis, preferimos rescatar un término que tiene un peso y una profundidad distintos: la angustia. No es una mera cuestión de semántica. Mientras que la ansiedad se describe a menudo como un síntoma difuso y molesto que nos impide rendir en el día a día, la angustia, tal como la entendemos en el espacio de la clínica, es algo mucho más revelador. La angustia no es un error de fábrica; es una señal, un afecto que no miente y que porta una pregunta que el sujeto aún no ha podido formular.
La certeza de la angustia en un mundo de dudas
Lacan, en su célebre Seminario X, nos dejó una indicación clínica fundamental que hoy cobra más relevancia que nunca:
“La duda, los esfuerzos que invierte, todo ello no es sino para combatir la angustia, y precisamente mediante engaños. Es que se trata de evitar lo que, en la angustia, es certeza horrible”.
¿Qué nos está diciendo aquí? Que todo ese «ajetreo» que llamamos ansiedad —ese no parar, esa duda constante sobre si somos suficientes— es en realidad un engaño. Es una pantalla de humo que construimos para no encontrarnos de frente con la angustia. Porque, a diferencia de la duda, la angustia tiene una cualidad de certeza. Cuando la angustia aparece, no dudamos de que algo está pasando; lo sentimos en el cuerpo, en el aire que falta, en la opresión del pecho. Es una «certeza horrible» porque nos sitúa ante algo que no podemos nombrar.
La angustia surge cuando nos sentimos atrapados por el deseo del otro. En psicoanálisis, hay una pregunta que suele estar en el corazón de este malestar: ¿Qué quiere el Otro de mí? (Che vuoi?).
A menudo, pasamos la vida intentando ser lo que creemos que los demás esperan de nosotros: el hijo perfecto, el profesional brillante, la pareja ideal. Nos convertimos en objetos del deseo de los demás. La angustia aparece precisamente cuando ese guion se rompe o cuando, por el contrario, nos sentimos tan colmados por las expectativas de los otros que no queda espacio para nuestro propio deseo.
Un camino para descifrar, no para silenciar
La tendencia actual es intentar eliminar la angustia como si fuera un ruido molesto en una radio. Pero si apagamos la radio, nos perdemos el mensaje.
En mis consultas de psicología y psicoanálisis en Girona y Barcelona, el trabajo no consiste en «borrar» la angustia, sino en descifrarla. Es una llave que, si atendemos lo que tiene por decirnos, puede ser la oportunidad para el cambio. Si la angustia ha aparecido, es porque algo está pidiendo ser escuchado. Hay una pregunta que ha emergido y que ya no puede ser ignorada mediante los «engaños» de la rutina o la hiperactividad.
¿Por qué aparece ahora? ¿Qué situación ha hecho que tus defensas habituales ya no funcionen? La angustia es el punto de partida de un análisis porque es el momento en que el sujeto se da cuenta de que los engaños ya no bastan.