Monster-Naoki-Urasawa-Perversión

La escena que monta el perverso. Sobre Monster, de Naoki Urasawa.

Tras pasar unos días caminando por Frankfurt y disfrutando de la paz y la belleza de Heidelberg, resulta casi inevitable que vuelva a la cabeza la sombra de Monster, la magnífica obra de Naoki Urasawa. Recorrer los escenarios reales que inspiraron la historia no solo conecta con la atmósfera tranquila y melancólica de estos lugares, sino que abre una puerta estupenda para reflexionar sobre la perversión, los límites de la ley y las marcas que deja el trauma en el sujeto.

Monster transcurre en la Alemania de los años 90 y sigue los pasos del Dr. Kenzo Tenma, un brillante neurocirujano que se enfrenta a un dilema decisivo: salvar la vida de un niño herido de bala llamado Johan o la del alcalde de Düsseldorf. Fiel a sus principios, Tenma atiende al niño por haber llegado antes. Años más tarde, descubre con horror que aquel pequeño al que salvó se ha convertido en alguien de una frialdad absoluta, capaz de manipular psicológicamente a cuantas personas le rodean hasta llevarlas a la autodestrucción. Más allá del thriller, la serie funciona como un espejo impecable sobre la estructuración del sujeto, la ética y los abismos de la perversión.

La ciudad de Heidelberg junto a su imponente castillo, escenario de algunos de los capítulos de Monster.

Habitualmente, la constitución del sujeto se entiende a través de la función reguladora de la figura paterna: ese vector que introduce el límite, la norma y la separación del hijo respecto al vínculo primario con la madre. Sin embargo, en la práctica clínica atestiguamos que esa separación nunca ocurre sin un coste subjetivo, pues exige del sujeto una operación de lectura e interpretación sobre el deseo del Otro. Cuando este trabajo tropieza o queda en suspenso, el sujeto puede verse confrontado a los extravíos de lo que la psicoanalista Geneviève Morel denominó «La Ley de la Madre».

La Ley de la Madre: el imperio del arbitrio

A diferencia de la ley simbólica —que es universal, reguladora y está atravesada por el límite—, la Ley de la Madre es una ley sin tercero. No se apoya en un pacto compartido ni en una norma justa, sino en la voluntad y el capricho del Otro primario. Bajo este imperio, lo que se preserva o se destruye depende exclusivamente de un arbitrio absoluto.

Esta lógica alcanza su cenit en los minutos finales de Monster, cuando se desvela el trauma de infancia que condicionó la existencia de los gemelos Johan y Nina. Cuando eran pequeños y vestían exactamente iguales, un oficial de un experimento inhumano obligó a la madre a entregar a uno de los dos niños y quedarse con el otro. En ese instante de pánico e incertidumbre, la madre decide soltar a uno de ellos, pero tras dudarlo, cambia de opinión y entrega al otro. Toda la trayectoria de Johan estará marcada por una duda traumática:

«¿Me salvó a mí porque me quería más que a Nina? ¿O simplemente fue por azar porque no nos sabía distinguir el uno del otro?»

Esa duda ante la decisión de la madre no interroga el afecto en un sentido común, sino el estatuto de esa regla materna. Si fue entregado por preferencia o por mera indistinción, lo que queda al descubierto es la ausencia de un principio justo que ordene su lugar en el mundo. Ante ese vacío y ante el trauma de haber sido tratado como un mero objeto intercambiable, la respuesta de Johan será encarnar esa misma arbitrariedad destructiva.

Renegar de la falta: el montaje y el escenario perverso

Para comprender la estructura perversa frente a la respuesta neurótica convencional, conviene analizar el mecanismo de la renegación.

El perverso no es alguien que ignora que los demás o la norma pueden fallar; al contrario, lo sabe perfectamente, pero ese saber le resulta insoportable y reniega de él. Mientras que la persona neurótica suele responder ante el conflicto interno guardándolo en el inconsciente (lo que acaba generando síntomas, angustia o culpa), el perverso desmiente la realidad: «no he visto nada», «aquí no falta nada». Borra esa imperfección e inicia dos movimientos fundamentales:

  1. Se ofrece como instrumento del goce: Ante la falla de la figura materna, el perverso no busca una satisfacción corriente. Se propone a sí mismo como la herramienta encargada de ejecutar o encarnar ese capricho o esa violencia.
  2. Lee el fantasma del otro: El perverso sabe de lo vulnerable en el neurótico; sus miedos, lo que carga y lo que repite, prueba fehaciente de ello es la profunda desorganización psicológica que es capaz de provocar en quienes le rodean. El perverso, pues, pone a gozar al sujeto neurótico.

Johan no impone algo ajeno a sus víctimas; lee las culpas no resueltas y las dudas morales del otro, construyendo la escena precisa para que la persona caiga en su propio abismo. Los elementos del montaje que edifica para hacer tropezar a sus víctimas se corresponden con milimétrica precisión con los temores e inscripciones inconscientes de estas.

El Dr. Tenma en la Estación Central de Frankfurt (Frankfurt Hauptbahnhof), mítico escenario de numerosos reencuentros y despedidas a lo largo de la serie.

La colisión ética: sostener la norma y el límite

El montaje del perverso busca siempre el mismo fin: demostrar que las normas sociales y morales son ficciones frágiles y que en el fondo solo reina la violencia y el capricho (el triunfo de la Ley de la Madre). Busca empujar a las personas al límite para que abandonen sus propios principios y adopten la lógica de la excepción.

Frente a esto, la figura del Dr. Tenma encarna la vigencia de la norma ética. Pese al sufrimiento, la persecución y el horror acumulado, Tenma se niega a convertirse en un asesino. Al rehusar tomarse la justicia por su mano y volver a salvar la vida de Johan en la mesa de operaciones al final de la obra, sostiene el límite ético hasta las últimas consecuencias. No responde con la venganza ni con el capricho, sino con la firmeza de una norma profesional y humana que no hace excepciones.

En última instancia, tanto en la ficción como en la clínica, la única barrera real frente a la devastación no es la venganza, sino la consistencia de una postura ética que respeta el límite y la responsabilidad sobre los propios actos.

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